Al igual de lo que sucede con el Aleph de Borges, el libro de Julián Axat también compendia en un solo volumen una variedad de temas, personajes y sucesos que, a primera vista, hasta podría parecer arbitraria. Sin embargo, existe un lazo que une, por ejemplo, a un referente popular con un pintor yugoslavo, a Hebe de Bonafini con un cometa, o a la masacre de Napalpí con la Divina Comedia, entre otros, y ese lazo, decíamos, es la memoria.
El testimonio infinito sumerge así al lector en una constelación construida a partir de las notas que el autor publicó en diversos medios digitales, y que al estar reunidas en esta suerte de miscelánea infinita adquieren un nuevo sentido, el de pensarnos como parte de un mismo universo, atravesados por la misma urgente necesidad de testimoniar de que estamos completamente vivos a pesar de todo(s). Con escasas salvedades, Julián Axat propone un texto de inusual belleza en la escritura, aún en los pasajes más atroces, necesarios, en los que la poética funciona como un engranaje totalizador. Función de un artefacto lógico, ni inductivo ni deductivo, más bien en un paradigma semiológico inferencial, al modo como Humberto Eco inicia El nombre de la Rosa. En aquel primer capítulo, el protagonista devela a su ayudante un breve misterio mediante la concatenación de observaciones dispersas, en apariencia inconexas, con diversos niveles de complejidad, encerrados en aspectos a primera vista obvios. De modo semejante y salvando las distancias, Axat produce una obra cuya solidez y congruencia se va armando a medida que la lectura prevalece.
Jorge Pinedo, «De la Astilla al palo»












