Conversaciones con Raúl González Tuñón

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Descripción

PRÓLOGO

Un día de mayo de 1968, llegué hasta su casa de la calle Amenábar, cerca de Dorrego. Atravesé un corredor interminable y angosto donde al fondo, en un departamento pequeño y humilde vivía Raúl González Tuñón. Cuando terminamos la charla junto a una ventana desde la cual se podían casi tocar los trenes que pasaban cada cinco minutos, la noche había caído sobre Buenos Aires y como él no encendió la luz, acaso para estar más cerca de los recuerdos, solo el ojo verde del grabador y los fugaces focos de las locomotoras

iluminaban las paredes.

Fragmentos del reportaje (acababan de otorgarle el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía) se publicaron en la revista Análisis. Los originales de la charla durmieron durante algún tiempo en mi archivo, hasta que, después de otras entrevistas con Raúl en Canal 7, comprendí que con sus evocaciones se podía –se debía- hacer un libro.

Luego vinieron largas sesiones frente al grabador realizadas entre enero y junio de 1973, y más largas aún para transcribir cuidadosamente sus palabras, sus tics, su peculiar y entusiasta adjetivación. Entiendo que la estricta fidelidad a su lenguaje es una manera de que los lectores conozcan más íntimamente a este poeta que –como él lo dijo de François Villon- inventó “un nuevo acento, una manera, un modo de tutearlo a Dios”.

Durante los meses previos al día en que este libro entró

en máquinas, solíamos encontrarnos con Raúl o me llamaba por teléfono y disimuladamente me preguntaba por él. La afirmación puede sonar vanidosa y lo es. Sus amigos confirmarán la alegría de principiante que sentía cada vez que estaba por aparecer un nuevo trabajo suyo, y este reportaje en definitiva es solo eso: una obra más en su bibliografía. Con la diferencia de que no tuvo necesidad de escribirla: la contó. Lástima que no llegó a verla editada, porque cerca del mediodía del 14 de agosto, Raúl murió.

Esa tarde el poeta Fernando Alonso me llamó para decirme –con cierta timidez- que Raúl estaba grave, no se atrevió a más. Al llegar a la Redacción del diario Mayoría, alguien me alcanzó el cable escueto, no más de tres líneas (por hechos nimios los teletipos suelen

gastar más de un metro de texto) donde se anunciaba su muerte.

Busqué una máquina libre, y desvencijada como son siempre las que durante horas reciben el castigo periodístico, y escribí en dos tercios de carilla que era el espacio reservado: “Ayer de pronto la ciudad sufrió un golpe de frío inexplicable, parecía que nevaba. Acaso nadie se dio cuenta, o lo supieron después. Era culpa de la tristeza de Buenos Aires porque a esa misma hora se le había muerto uno de sus grandes poetas: Raúl González Tuñón.

Como él aseguró cuando murió Carlos de la Púa, es seguro que la Cortada de Carabelas sintió que le tajeaban un poco de su historia. Se oscurecieron las imágenes de los viejos boliches, se desdibujó la cara de una muchacha que estaba embalsamada en una sala, hubo una lágrima en el rostro de la señorita ortopédica que miraba detrás de una vidriera, los ladrones escapados de una rayada película de Carlitos Chaplin quedaron en silencio y el eco

de las máquinas de escribir de la vieja redacción de Crítica, volvió a escucharse por el centro.

Otros recordaron solamente aquello de “La vida es dura amigo / con la filosofía poco se goza / si quiere ver la vida color de rosa /eche veinte centavos en la ranura”.

Esa noche en el edificio de la SADE Héctor Yánover nos recordó al pintor Carlos Alonso y a mí, aquellos versos de Raúl: “Los que le vieron dicen que murió como un niño, / Para él fue la muerte como último asombro. / Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido, / yun pájaro en el hombro”. Era cierto. Solo que –como decía Leopoldo Marechal-, “la gente ha olvidado que la palabra vate significa vidente, profeta, adivino.”

Y esa, finalmente, es una de las mayores virtudes de los poetas. Y Raúl fue uno de los grandes que nacieron por este lado del mundo.

 

Horacio Salas

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Peso 350 g
Dimensiones 23 × 14 × 5 cm

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Horacio Salas

(Buenos Aires-1938)
Es poeta, ensayista e historiador. Ha publicado más de cuarenta libros, entre los que se destacan, en poesía, El tiempo insuficiente, La soledad en pedazos, Memoria del tiempo, La corrupción, Mate Pastor, Gajes del oficio, Cuestiones personales, El otro, Dar de nuevo y Línea de puntos. En Argentina y España han aparecido cuatro antologías de su obra poética. En ensayo, se destacan La poesía de Buenos Aires, La España Barroca, El Tango (traducido al francés, alemán, griego y japonés, con ediciones en Cuba y México), Borges, una biografía, Homero Manzi y su tiempo, El Centenario, y Lecturas de la Memoria.

Recibió el Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires y el Nacional de Ensayo. Fue Secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Director del Fondo Nacional de las Artes, Director de la Biblioteca Nacional, y la Legislatura porteña lo nombró Ciudadano Ilustre de Buenos Aires. Fue condecorado por el Gobierno Francés como Chevalier des Arts et des Letters.